Gran parte de nuestras vidas la dedicamos a lamentarnos por lo que no tenemos o no hemos logrado, menospreciando de esta forma todo lo Dios nos ha dado. Durante algún tiempo después del accidente me lamente en voz alta acerca del dolor que me ocasionaba mi trauma, y todas las noches en vela sin poder encontrar la mas mínima comodidad en la cama; pero la verdad es que fue necesario más que eso para que aprendiera a valorar la vida.
El 4 de enero del 2006 ingrese al hospital con una escara del tamaño de mi puño y con una infección bacteriana que podía llegar a comprometer no solo mi recuperación sino que también mi vida. Recuerdo a mi madre tendida en el suelo en una pequeña habitación de urgencias y recostado en a otra pared mi fiel amigo y terapeuta Crisanto dándonos todo su apoyo, aunque a pesar de esa seguridad que el siempre transmite esta vez sus ojos no podían ocultar su preocupación por lo grave de mi condición. Recuerdo esa sensación de escalofrió por todo mi cuerpo y la incomodidad del sudor corriendo por todo mi cuerpo sumado a ese presentimiento de que había llegado el momento de partir, que simplemente era el final del camino para mi… fue allí cuando comprendí. En ese momento me di cuenta de lo frágiles que somos. Todo el tiempo decimos que la vida es muy corta pero la verdad es que quejarnos no la alarga. Aprovechemos este ratico de vida que tenemos y no la malgastemos resignándonos a lo corta o injusta que creamos que esta pueda ser. A por cierto, Feliz navidad!

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