
Muchos son hoy conscientes de que considerar su vida espiritual como algo aparte del resto de su existencia es un error. La gracia está en todas partes y todo está ya redimido. Nada sucede que esté fuera del alcance e interés de Dios. Es por esto que Pablo dice "que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman" (Rom. 8,28). ¿Podemos asimilar este proceso en el cual Dios convierte todo para el bien? ¡Cierto que podemos!, y así nos abrimos a colaborar mejor con la obra de Dios.
Estás, entonces invitado a reflexionar en Dios sobre tu propia vida, sobre los eventos y no-eventos, pero siempre en este contexto: el de la voluntad de dios y sus proyectos, no simplemente los tuyos. La reflexión, pues, está unida a la acción justa y a la respuesta justa al deseo que la Trinidad tiene para ti y que te muestra cada día. En el clímax del Evangelio de Juan, Jesús dice a sus discípulos: "Como el Padre me envió, también yo los envío" (Jn. 20,21). La capacidad reflexiva es dinámica; nos ayuda a discernir la forma concreta de este envío o misión que se da a cada uno de nosotros.
La verdadera reflexión cristiana es una actividad transformadora que cambia tu modo de ver, tus deseos y valores. Ya no estarán más centrados en ti mismo, sino en los valores y deseos de Cristo. Dicho de otra manera, el cristiano no esta llamado simplemente a reflexionar sobre Dios y Cristo, sino básicamente a reflejar a Cristo mismo. Jesús reflejó perfectamente las actitudes de su Padre, y cada uno de nosotros -que hemos sido maravillosamente creados a imagen y semejanza de Dios- puede reflejar un aspecto único de Dios al mundo. Hacemos esto reflejando a Dios-hecho-visible en Cristo. Esta es una tarea para toda una vida: es la ocupación central, unificante y más digna de interés de nuestras vidas. Somos llamados a "vivir como vivió El" (1ª Juan 2,6) y a jugar así plenamente nuestro papel en llevar el mundo a su plenitud.
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